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lunes, 5 de octubre de 2015

ARINTASUN / LEVEDAD

Los dos mundos, el interior y el exterior, huelen a otoño.
El viento, como sin querer, como si nada fuera con él, esto es sin pasión, ni odio ni violencia, ha recuperado esa inveterada costumbre que tiene de llevarse las cosas pequeñas, algunas inútiles, como las hojas y ramas muertas, y otras no, y a mí me parece que todo entre nosotros podía ser más liviano, más ligero, más llevadero por tanto. No es que sea una impresión súbita, que apareciera como por arte de magia, un ejercicio de inspiración recalcitrante, sino que aparece como si fuese un pensamiento superficial y anodino, un pequeño átomo que cae de no se sabe dónde. Tales pensamientos acostumbran a ser sumamente suspicaces e inquietos; no paran, si no es para enredar como hacen los niños. Por esa razón son más difíciles de atrapar, con la fuerza de la cabeza o con la habilidad de la mano, que los pensamientos serios y profundos. ¿Quién puede mostrarse orgulloso de su actitud circunspecta, severa y trágica, si nunca ha atravesado en el cielo las nubes, de uno a otro confín, llevado por las alas frágiles y sencillas de la levedad? ¿Quién sabrá qué es la pesadez del cuerpo, si jamás ha montado en un carrusel de feria, y cabalgado sobre un corcel de madera dando vueltas, mirando alrededor con ojos asombrados y la mente puesta en la lejanía? En ese momento se puede imaginar a sí mismo como si fuese un Gengis Khan moderno, jinete marchando veloz sobre la estepa fría, dueño del suelo que pisa, terror de sus congéneres. ¿Quién no lo ha soñado? ¿Quién no? Nadie puede saber cuál es el efecto del alcohol, si no ha bebido, a falta de amigos, en la más absoluta soledad, un buen vaso de vino o una copa de licor, en lucha consigo mismo, en un lance donde la vida y la muerte se cruzan sus armas. Como nadie puede saber cómo es el más dulce abandono, si nunca se ha acostado a altas horas de la madrugada a la luz de la luna, sobre la arena de la playa, después de haberse refrescado en el mar. Nunca adivinaríamos cómo es el amor, si, a los quince o dieciséis años, no nos hubiésemos enamorado de la débil y fea muchacha de la vecina calle, sin esperanza alguna, hasta enfermarnos. ¿Pero quién lo sabe? ¿Quién? ¿Quién sabe qué es vivir agotada la esperanza, y sin nada que esperar?
No es posible conocer el bien, si antes no se ha probado el fruto del mal.
Tal es la lección más importante que pueda ofrecernos la vida.
El mundo externo no es todo lo que se muestra, sino lo que vemos. El mundo externo pasaría inadvertido, o de otra manera, sin la familiaridad que nos proporcionan los sentidos. Pero, a veces, es imposible ver lo externo, si los ojos de nuestro interior están cubiertos de niebla. Lo externo somos los demás; nosotros también somos, en alguna medida, externos a nosotros. No hay interior sin exterior, como no hay un adentro si no hay un afuera. No hay poeta o artista, que no haya dirigido, alguna vez en su vida, su mirada hacia el exterior, hacia fuera. El interior decide la manera de mirar hacia el exterior, pero lo externo nos dice cómo tenemos que actuar en lo interno.
Señales del otoño, entre ellos la levedad, comienzan a extenderse por todas partes, especialmente en el reino de la lluvia. Vemos las gotas de agua como si fuesen intrépidos bailarines, o como caballos andaluces experimentados, brincando y jugando. Han tomado el color de la hierba, ese verde profundo que aspira a ser amarillo, pues no hay época del año que compita en levedad con el otoño. No hay otra estación mejor para la vida, y tomo la vida en su sentido más amplio, como algo que se come, se bebe y se respira. En la levedad, lo escribió Milena Jesenská, hay más verdad, más espíritu, más bienestar. Las cosas pequeñas que se lleva el viento consigo, los recuerdos ridículos que la memoria se niega a conservar, esos pensamientos inútiles que acabarán en el vertedero, no en el de la historia, sino en el íntimo, son más verdaderos, y por ello nos son más necesarios que las grandes masas y moles de piedra que adornan, es un decir, nuestras calles. A su lado, apenas son nada los recuerdos fantasmales que nos revuelven el estómago, esos grandes pensamientos que no caben en casa y para sobrevivir necesitan seminarios o universidades.
Nosotros, con nuestros sentidos, tomamos la medida del mundo, lo cual no quiere decir que seamos la medida del mundo, como creía Gabriel Aresti.
Los vascos somos de cuerpo y figura ligeros. Hemos construido bonitas y eficaces naves para dar la vuelta al mundo, y de paso traer a casa las preciadas mercancías que adornan los escaparates de nuestros comercios. Somos ligeros, como la piedra que siempre va rodando, como el río que siempre va fluyendo. Nuestras canciones son ligeras, pero por parecer sospechosa dicha ligereza, las cantamos con voz grave y profunda, en coro si puede ser. Nuestras bebidas, el chacolí y la sidra, son ligeras, pero su abuso trae como consecuencia una melopea triste e insoportable. Somos pesados de alma, graves de espíritu, por tener grises y cerradas las moradas internas, sin aire que las renueve. La falta de levedad no es siempre la no levedad, sino algo más, la incapacidad de gozar de la belleza que generosamente nos ofrece la vida.
Estamos más allá, siempre más allá de la belleza y de la vida.
Ya es hora de bajar de ese cielo a la tierra.

domingo, 17 de mayo de 2015

DOLOR



Me sorprendo a mí mismo imprecando a las autoridades habituales y maldiciendo a los veinte demonios de Malta, a la legión de ángeles y arcángeles y a las once mil vírgenes (si es que las hubo), cuando, sin haberlo deseado, introduzco un pié (el izquierdo creo), en una de las múltiples zanjas con las que han abierto la espalda de la ciudad. Una señora, de trazos juveniles y, por apariencia, perteneciente a la clase de los que han dejado de cotizar y se dedican a vivir de lo cotizado (aunque pudiera equivocarme, nunca se sabe) me advierte que es actividad común el ir haciendo hoyos en época de elecciones. “¿Para qué?”, pregunto. “Para encontrar el tesoro”, recalca ella, y se ríe con cara pícara y se va. Y me recuerda a esos niños que desaparecen de la faz de la tierra, una vez que han dejado constancia de su paso por ella, por medio de la infinitud de travesuras que han ido pergeñando. He de reconocer que la risa es contagiosa y que me pongo a reírme yo también, sin saber muy bien por qué, hasta que un señor de aspecto grave me lanza una mirada admonitoria, como dándome a entender que la risa es pecaminosa, si no es en labios de infantes, locos y orates. Me recompongo y marcho en dirección contraria, no vaya a ser que el señor, vistas las consecuencias de su mirada feroz, quiera entablar conversación y echarme un sermón reglamentario, con inicio, nudo y desenlace.
Admiro a la gente seria, quizás porque yo no lo sea, o no lo sea en grado superlativo, pero me da un poco de temor la gente que ejerce su seriedad durante las veinticuatro horas al día, y en las fiestas de guardar; la que no se relaja ni de pascuas a ramos; la que considera cualquier acontecimiento que se salga de la normalidad como una tragedia; la que analiza la realidad en términos absolutos y cree que todo puede ir a peor, en lo mejor, o nada puede ir a mejor, en lo peor (que puede ser, no lo niego); la que nunca piensa que hay actos humanos que, por ser banales (o sea demasiado humanos) son irrisorios y completamente desdeñables; la que piensa que el juego debería estar prohibido, por ser una forma de distraernos de nuestro quehacer cotidiano; la que piensa como Gil de Biedma que envejecer y morir son los argumentos de la obra.
A mí la verdad, más que serios me parecen tristes, con todos los respetos por Gil de Biedma y demás poetas melancólicos. No hay mayor antídoto contra el dolor que la risa. Y el dolor sí es un argumento de peso. ¡Vaya que sí!

Publicado en DV, el 16-05-15

viernes, 24 de abril de 2015

Premio de la Crítica



Felipe Juaristi ha recibido el Premio de la Crítica Española 2014 en la categoría de narrativa en euskera; en la modalidad de poesía, 'Piztutako etxea' (La casa encendida), de Felipe Juaristi, editado por Erein, ha sido la elegida por el jurado de la AECL, que ha apreciado en esta obra una "evolución en la trayectoria del autor", con poemas "abstractos de carácter filosófico" sobre el tema del deseo, ha precisado el portavoz del jurado, Javier Rojo.

domingo, 16 de noviembre de 2014

PASEANTES

Atardezco con Aranguren, poeta. Me regala su último libro de poemas, magnífico, como todo los que ha escrito. Paseamos, a paso lento, casi mediterráneo. Vamos mirando a la gente que pasa, su porte, su andar, su existir. Nos alegramos de que la vida fluya, de que las gentes vayan y vengan, de que los amantes se amen y los odiantes se odien, que es lo suyo. Nos sorprendemos de cosas menudas e inciertas, que suceden sin que les demos mayor importancia: el paso ligero de un adolescente, el cansado de un anciano, el grito de un vendedor, el pequeño salto de un gorrión, las hojas que van cayendo sin saber la importancia de su acto. La ciudad, en abstracto, no es más que esa suma de pequeños detalles, sin los cuales la vida sería un poco más amarga.
Seguramente, es el paseo la forma más pobre de viaje. Para Walter Benjamin, sin embargo, era la metáfora de la propia experiencia. Uno sale a pasear, cuando lo hace solo, sin ninguna pretensión, ningún plan urdido. Sale a salir, abierto a cualquier posibilidad, a cualquier encuentro con otras personas, que son instantes que se roban a la monotonía diaria. Luego, más tarde, se recuerda cada gesto, cada baile de labios, el juego de manos; y se cuenta, no como algo anodino o superficial, un encuentro más, sino como algo que aportó el tesoro de la fraternidad.
Pasear por la ciudad no tiene ahora el significado de ver y dejarse ver, que tanto gusta a los que predican el cuidado de sí mismos y el olvido de los demás; sino el de mirar con ojos ligeros y buscar la profundidad de otras miradas. Poca gente se mira a los ojos, por pudor o por miedo a lo que el otro esconde, ni se sienta en los bancos a comentar que la tarde ha quedado bonita y que las palomas vuelan y que el viento ha quedado atrapado en una sabana.
Atardecemos Aranguren y yo en una larga travesía por la ciudad Paseamos para pensar y luego poder hablar sin prisa sobre lo pensado. Intentamos levantar las losas que aprisionan los conceptos y las dejamos abandonadas, así sin más, a la intemperie. Paseamos por placer, no por necesidad o prescripción facultativa. Coincidimos en que se está perdiendo el gusto por la palabra. Yo le regalo una: “calendario”. Él me devuelve otra: “almanaque”. Discutimos sobre la propiedad o impropiedad de cada término. No significan lo mismo, pero ambos son la mano que usa el tiempo para advertirnos. Nos demoramos. Cansados, nos sentamos en una terraza. Llueve.

El Diario Vasco, 15 de noviembre de 2014

 

sábado, 25 de octubre de 2014

La mirada de Pinilla




 ...
Todos los recuerdos son literarios, invención, recreación y narración de un tiempo que no fue, en un lugar que no existió. Todos los recuerdos son imágenes que empalidecen a la luz de lo real, que, como un río, fluctúa en su propia condición líquida y acuosa. Recordar lo sucedido en el pasado es imaginarlo, porque nada sucedió como lo recordamos ni nada se recuerda como sucedió. Nadie se sumerge dos veces en el río de la realidad, bien para zambullirse y nadar, bien para cruzarlo y llegar a la otra orilla. Lo que fue ya no es ni será. Ni siquiera fue cuando fue. Las orillas son nuevas, como somos nuevos cuando recordamos y vivimos lo recordado. Somos seres confusos y difusos en una orilla neblinosa.
La obra de Ramiro Pinilla, recientemente galardonado con el Premio Euskadi, es un gran monumento dedicado la memoria, no histórica en sentido literal, sino literaria en el sentido histórico. La historia puede ser provisional, como la espera de luz nueva, lluvia nueva, savia nueva, pero la literatura no lo es. Se levanta sobre el barro de la historia y construye un edificio por donde resbalan y caen las gotas de lluvia, la vida vivida y la otra, la que pasó entre sueños y pesadillas, en duermevela.
 ...

 Escribir es mirar y señalar las cosas que suceden o han sucedido, tal y como se ven desde esa falsa atalaya que es la memoria. La mirada de John Ford es una sirena varada en el lecho de un río que se secó y espera la venida de las aguas. La de Pinilla, mirada no única, mirada múltiple y compleja, es como la de una flota que espera en puerto la llegada del huracán, quizá del diluvio.






jueves, 26 de junio de 2014

DESAFECTO





Tiene que haber un antes para que haya un después. Nada surge de la nada; todo tiene una raíz, un sustento, una tierra en la que fermentar. Se habla mucho acerca del desafecto, ese sentimiento que recorre el mundo como un peregrino, sin grandes alharacas ni exhibiciones. Y es señal de que antes, en su lugar, hubo afecto. De otra manera, habría que hablar sobre desafectos rigurosamente afectados, o sea impostados y no impuestos. Andamos movidos por fuerzas externas, que apenas podemos identificar, como una barquilla sin velas desvelada y entre las olas sola. Las pasiones nos golpean y se recrean en nosotros; el amor nos configura y pervierte. Después, vencidos y desarmados, nos apagamos. Al encendernos, somos otros, levemente desapasionados, fugazmente desamados.
La política no puede substraerse del resto de las pasiones. Regula la vida humana en sociedad y conduce las pulsiones hacia un fin concreto, que es el bien común. Lo que significa ese bien depende de las interpretaciones. Unos lo confían en la consecución de la igualdad; otros en la plasmación de la felicidad, o lo más aproximado, aquí en la tierra; y hay quien también busca la justicia. La política es una actividad diaria, exige implicarse en las cosas públicas, para garantizar el funcionamiento del sistema democrático. Significa estar atento y vigilar la acción de los representantes, velar para que se cumpla la palabra dada, informarse sobre los avatares diarios, pagar los impuestos, cumplir las leyes y exigir que se cumplan. No es tarea fácil; quien así actúa nunca es premiado según lo que su opinión le hace merecer. Lo único que se consigue es la alegría de saber que se ha obrado correctamente, y poco más. Pero hay que confesar que hay mucha gente que espera alguna otra recompensa, otro tipo de reconocimiento. Se olvida que quien trabaja para los demás, también lo hace para sí y para su bienestar.
En tiempo de crisis, los afectos se desanclan, las pulsiones se desbordan, la razón se embota. La desconfianza sustituye a la confianza, la incertidumbre ahoga la certeza, la desesperación toma el camino dejado por la esperanza, y la tristeza, esa oscura pasión, se adueña de los rincones. Se echa la culpa sólo a los políticos, sin reparar en la indiferencia, dejadez y complacencia que se han ido generalizando y estimulando. Ya se sabe, en tiempo de bonanza nada falta; cuando llega la desventura, todo sobra.

El Diario Vasco, 13 de junio de 2014.

domingo, 8 de junio de 2014

LAS MANOS


Dicen que en el principio era el Verbo; pero, últimamente, tiendo a creer que antes, bastante antes que la palabra, nació el gesto de la mano. Antes de que surgiera la capacidad de hablar, las manos escarbaban la tierra, buscando comida, o ya pintaban en las oscuras paredes de las cuevas animales, con los que tenían relación de odio o amor extremos. También se protegían con las manos de las inclemencias del tiempo, del sol abrasador, de la lluvia cansada, del viento incesante. Hoy en día, al encontrarnos con algún conocido, antes que nada, extendemos la mano, en señal de amistad. Y en ese gesto nos reconocen, y nos reconocemos, como seres pacíficos que no guardamos armas ni artilugio traidor. Las manos, en cierto sentido, son las ventanas que abrimos al otro; son los escultores de la amistad. Al cruzarlas con otro, unimos las vidas. Sin embargo, el trabajo manual está bastante desprestigiado. Quien lo ejerce forma parte, en nuestro imaginario, de una era antigua, que pasó sin remisión ni gloria excesiva. Ellos son escultores, hortelanos, músicos, boxeadores, ebanistas, pelotaris, aventureros, en fin, artistas. Hay algo mítico en la actividad manual. Según cuenta la Biblia, Dios modeló con sus manos la arcilla de la que estamos hechos. No se sabe, porque no se dice, qué sintió cuando el barro blando y húmedo se escurría entre sus dedos; ni cuántas veces ensayó, antes de que concluyera la prueba definitiva.
El cuerpo es un mundo y tiene sus límites, a veces definidos y, otras, sin descubrir. Gracias a las manos le damos sentido y lo traemos a la vida; lo despertamos de su letargo y amanece a la luz del tacto que tiernamente se revuelve; le damos presencia física. La caricia de la madre hace saber al niño que ambos siguen unidos, a pesar de todo; la de los amantes los envuelve en una sensación cálida y presente, ajena a los demás, sólo por ellos compartida.
Son los dedos los ojos del ciego, y lo transportan hasta la realidad de los objetos que, de otro modo, no podría definir. Los que vemos, muchas veces, cerramos los ojos para sentir, con más fuerza si cabe, el olor de todo lo que nos rodea. Así, con los párpados clausurados, incluso atisbamos, de otra manera, colores y formas, nos sumergimos de lleno para apropiarnos de la belleza cercana. Pero sólo podemos afirmar la existencia de algo, si lo alcanzamos con la mano y jugamos con él. Las manos no saben siempre lo que hacen. Los niños y niñas levantan castillos en la arena, edificios frágiles, extraños e ingenuos. La arena siempre se escapa y cae, como sucede en ciertos relojes, que grano a grano dejan huir al tiempo, sin que se sepa a ciencia cierta hacia dónde va.
Las manos que juegan son las manos que acariciarán el futuro.

El Diario Vasco, 31 de mayo de 2014


miércoles, 4 de junio de 2014

CHARLAS

 
 
¿De qué hablamos cuando no sabemos de qué hablar? Imaginémonos que dos personas desconocidas se encuentran en una parada de autobús, en la sala de espera de un hospital o en la barra de un bar. Suponiendo que estén solos, ¿serían capaces de charlar entre ellos? Pregunto que si, aparte de los saludos de rigor, estarían dispuestos a comunicarse, a decirse palabras. Todo depende, claro, del estado de ánimo de cada cual, de que tengan el teléfono móvil inoperativo, o de otras circunstancias que son difíciles de explicar o describir.
Una de las dos personas comenzaría a hablar del tiempo, del calor o del frío, de la lluvia que está anunciada para el fin de semana, justo cuando la pequeña hace la comunión. La otra asentiría educadamente, y añadiría que nada es seguro, pero que, en todo caso, hay fenómenos que suceden sin que podamos evitarlos. Después se haría un silencio, tras el cual pensarían comentar el último partido de fútbol jugado por el equipo local. Pero, ¿y si uno de los dos no fuera aficionado, o fuera seguidor de otro equipo? Volverían a callar, por prudencia. Podrían citar, como de paso, la programación de televisión. Una de las dos personas diría que es aburrida, pero que a veces ponen buenas películas. Y la otra respondería que sí, pero que están muy vistas, porque las reponen una y otra vez.
Otro silencio. En ese momento de la reunión, ambas personas estarían deseando que llegara el autobús, que les llamarán desde el altavoz del hospital, o que el camarero les echara, aduciendo lo tarde que se estaba haciendo y que el ayuntamiento es muy estricto con el horario de los locales. Ahí podrían reencontrarse y hablar sobre la gestión municipal u hospitalaria. Pero no es probable; son temas normalmente controvertidos que no se airean si no es con amigos o conocidos, en cuadrilla o en la intimidad, cuando la distancia moral y física deja de existir. Dos extraños que se encuentran en un momento y en un lugar concreto, sin ningún conocimiento anterior, difícilmente hablaran sobre temas profundos, lo cual no quiere decir que nunca vaya a suceder. Me da la sensación de que el de la conversación es un arte que no se va a extinguir nunca.
Sé, por experiencia, que los seres humanos necesitamos sentir algún alivio verbal, cuando la realidad emergente nos supera o nos empuja a alguno de los muchos abismos que existen, no todos imaginarios. Buscamos que alguien nos escuche, que sienta en la piel el eco de nuestras palabras, que salen, a veces lentamente, a veces en estampida, desparramándose. No siempre sabemos lo que decimos, ni queremos decir lo que ya sabemos; las frases pueden sonar absurdas y parecer carentes de sentido. Pero el hecho de que alguien nos escuche o nos preste atención significa que no estamos solos del todo, que siempre hay alguna posibilidad de recobrar afectos.


El Diario Vasco, 24 de mayo de 2014



lunes, 2 de junio de 2014

CEREBROS

El cerebro de Lenin es el órgano humano más estudiado en la historia de la humanidad. Fue extraído después de su muerte, durante el proceso de embalsamiento, no para averiguar las causas de su muerte (Trostky acusó a Stalin de envenenamiento), sino para demostrar científicamente que era un ser excepcionalmente dotado, lo que hoy llamaríamos una lumbrera.
Tal era su preclara inteligencia, su capacidad de anticipación a los hechos que, estando exiliado en Zurich, cuando le preguntaban cuándo sería la revolución en Rusia, él siempre contestaba que sus ojos no la iban a ver. Luego pasó el tiempo, como siempre, y los alemanes lo metieron en un tren que lo llevó hasta la estación de Finlandia en San Petersburgo. Ahí comenzó otra historia.
Dirán los apologistas que las ideas son lo más preciado de una persona, que lo otro se lo lleva la tierra, el mar o el aire. Pero, en el año 1941, ante el temor de que las tropas alemanas ocuparan Moscú y se quedaran con el cuerpo de Lenin, lo sacaron de su mausoleo y lo trasladaron a Siberia, donde permaneció por espacio de cuatro años. En su lugar colocaron un monigote de goma. Las vicisitudes de los forjadores de sueños, una vez muertos, son semejantes en todas partes.
El cerebro de Einstein fue envidiado en vida, y, más aún si cabe, una vez difunto. El científico que realizó la autopsia se quedó con él y lo guardó durante cuarenta años en un recipiente de plástico, de esos usados comúnmente para preservar la comida. De tanto en tanto, iba enviando por correo, en frascos de mayonesa, muestras de los sesos a colegas suyos, para que investigaran. Querían saber qué secretos guardaba, explicar el funcionamiento del cerebro, extraer quizás una regla universal para discernir el comportamiento neuronal.
Así pasa la gloria del mundo. Los seres que sobresalen en las diversas artes humanas son venerados, unas veces en vida, y otras, si te he visto no me acuerdo.
Es el caso de Talleyrand, tan admirado como temido en su época. Los médicos extendieron su cadáver sobre una mesa. A un lado se encontraba el cerebro, aquella víscera que, así lo cuenta Víctor Hugo, había pensado tantas cosas, inspirado a tantos hombres, conducido dos revoluciones, engañado en Viena a veinte reyes. Cuando los médicos salieron, un criado, recogió aquel órgano, sin saber muy bien lo que era, salió a la calle y lo arrojó a la primera alcantarilla con la que tropezó. Era costumbre.


El Diario Vasco, 17 de mayo de 2014

martes, 13 de mayo de 2014

EL RENCOR




Comentaba un conocido, llegado de una pequeña capital de provincias, allá donde traza el Duero curva de ballesta, como escribió Machado, que en el País Vasco se siente y se huele el rencor. Me extrañó su apreciación; pero, más tarde, tuve que confesar que, inmersos como estamos en los asuntos cotidianos, apenas tenemos tiempo de reflexionar sobre los mismos. Me acordé de una apreciación realizada por un buen profesor de literatura, el cual afirmaba que no bastaba con leer, sino que, además, había que repensar lo leído, hasta dar con las claves que permitieran esclarecer el texto. Quería decir que desde fuera todo se ve de distinta forma.
El rencor es amigo del odio y hermano del resentimiento. El rencoroso es un desdichado que supone que hay alguien en este mundo culpable de su desgracia y causante de su daño, con quien entrará tarde o temprano en colisión. Lejos de mantener en silencio dicha pugna, el rencoroso lo irá proclamando a los cuatro vientos, intentando, de ese modo, crear a su alrededor una corriente favorable que le exima de la pasión que lo atenaza y convierte en esclavo. No pretende tener razón, le basta con que se la concedan, como a locos o borrachos; ni desea que le restituyan, en bienes, el mal que supuestamente le han causado. Quiere aniquilar, física o moralmente, al otro, a ese ser a quien acusa de su situación, y con el cual no está deseoso ni preparado para dialogar. No busca la justicia, ni la instauración de algún orden anterior, sino la venganza. No desiste, porque en su interior yace una desazón tal que, necesariamente, necesita ser alimentada, para que jamás se consuma. Quien habita en el rencor, habita en la infelicidad perpetua.
Hay que reconocer, por otra parte, que vivimos tiempos de frustración y desengaño. Lo que pudo haber sido y no fue pesa sobre las conciencias de muchos, como una losa de granito y, en la impotencia, antes de mirarse y analizar sobre la responsabilidad de cada cual en el devenir de las cosas, se mira a otra parte, buscando la causa de esa situación. Ahí, donde está el otro, el centro de las envidias, se encuentra la fuente de los agravios. Porque uno no es culpable de nada, sino el otro, o los otros. Son ellos quienes, con su pura existencia, impiden la satisfacción de los deseos.
El rencoroso, en el fondo, es un ser débil que, asustado con la vida, busca su reverso, la muerte; y antes que la alegría escoge la tristeza.



Publicado en El Diario Vasco el 10 de mayo de 2014

jueves, 8 de mayo de 2014

MODAS





Siempre me he preguntado por qué tantos hombres y mujeres sucumben a la necesidad imperiosa de seguir el ritual impuesto por la moda, que consiste, en definitiva, en devorar el tiempo, en digerirlo rápidamente y luego, como si fuera una excrecencia, arrojarlo lejos, en alguna parte donde su visión no produzca remordimiento.
La moda sólo conjuga un tiempo verbal, el presente, fugaz y transitorio, donde cada instante dicta su ley y abre el abanico de su oportunidad. Ya lo decía Coco Chanel, que sabía del tema: “La moda se pasa de moda; el estilo, jamás”. El estilo es como el esqueleto humano, apenas cambia con la edad, y sostiene el cuerpo, toda esa maraña de nervios, músculos, como una columna maestra sostiene el edificio. Pero hace tiempo que el estilo dejó de estar de moda, y se hizo obsoleto; y los esqueletos sólo son admirados cuando se encuentran en antiguos sarcófagos.
Ir a la moda significa ir apurando el tiempo, no darle tregua, no darse descanso en busca de lo excelso o, simplemente, de la visibilidad deseada. Uno de los males que aqueja a una parte de nuestra sociedad es el miedo a la invisibilidad, a ser insignificantes, a convertirse en artículos o mercancía prescindible y usada. De ahí el afanoso, y a veces estéril, apego a todo lo que suponga novedad, la necesidad de aferrarse al momento. Quizá el objetivo de toda existencia consista en la búsqueda del reconocimiento, que toda vida sea tomada en consideración y recordada, como lo que fue o quiso ser.
A otros, sin embargo, les asalta el miedo a ser demasiado visibles. Recuerdo que, cuando de niños jugábamos al escondite, cerrábamos los ojos y nos tapábamos la cara, pensando que si nosotros no veíamos, nadie podría hacerlo. Por ello, cambian regularmente de aspecto, de costumbres y de ideas, para no llamar la atención, para no ver nada o no ver demasiado, para que no los confundan con lo que son, y los tomen y acepten, como lo que no son. La moda aúna voluntades y rechaza disensos. No es una cuestión puramente estética, es profundamente moral, porque atañe a las costumbres, a la manera de mirar a los demás y de mirarse. Pero es menos arbitraria de lo que pudiera parecer.
La moda es el presente que se niega a dejar de serlo, es la tentación de lo eterno, la inagotable fuente de la que mana el agua que riega las plantas de la juventud, el aplazamiento del dolor y lo consiguiente, la pírrica victoria sobre el olvido.



Publicado en El Diario Vasco el 3 de mayo de 2014

viernes, 22 de julio de 2011

Siete años después de su último libro de poesía, ('Begi-ikarak', Edit. Erein, 2004), Felipe Juaristi vuelve a la palestra con una fórmula editorial muy diferente: ha publicado un volumen con poemas novedosos en euskera y la correspondiente traducción al castellano, realizada por él mismo. Lo ha hecho en la editorial malagueña Luces de gálibo, creada hace un año y medio por un barcelonés afincado en el sur: Ferrán Fernández.

El libro se titula 'Aingeruaren angelua /El ángulo del ángel' y, en palabras del autor, que hizo un recital ayer en el KM donostiarra, «trata sobre la identidad, sobre lo que somos. El libro no hace una interpretación ética. El ser humano no está por encima del bien y del mal».

El poeta juega constantemente con la figura del ángel. Juaristi confesó ayer que en el germen del libro se encuentra una frase de Rilke: «Todo ángel es terrible». Y, para el poeta azkoitiarra, «es terrible porque está solo, porque a la postre todos acabamos solos. Este libro es una reflexión sobre el otro que está dentro de nosotros y muchas veces no nos atrevemos a sacar afuera».

La introducción de ayer corrió a cargo del poeta y crítico literario de DV Juan Ramón Makuso, quien dijo que «poesía de Felipe tiene ahora un punto de surrealismo, algo que yo al menos no había encontrado hasta la fecha. Y hay también alegría, porque el poeta se ha encontrado con que los versos fluyen». Juaristi recitó ayer acompañado por el violinista Jon Makuso, hijo del crítico literario.
 
22.06.11  FELIX IBARGUTXI
SAN SEBASTIÁN. El Diario Vasco

lunes, 25 de abril de 2011

Argia da

Argia da
norbaitek mundura jaurti duen
amoina,
ibilian doan
dirua.
Putzu eta lokatzatan sartu da,
kristalezko zapatak eta larruzko botak
zipriztindu ditu.
Zakurrak
mihiz dastatzen du
nekatzen den arte,
eta hiria geratzen da
ilun.
Aingeruak
zikoitz izatea
leporatzen dio.
Animaliak
korrok egiten du.
Piztu dira
farolak.




La luz es una limosna
que alguien
arroja al mundo,
una moneda
que va rodando.
Sortea charcos, fango,
zapatos de cristal, botas de cuero,
llega hasta la boca del perro
que la reclama y lame.
Se sacia
y queda a oscuras
la ciudad.
El ángel le recrimina
su egoísmo.
Eructa el animal;
se encienden las farolas.



Aingeruaren angelua. El ángulo del ángel. Luces de Gálibo Poesía. Málaga - Girona, 2011