Los mercados, como las bibliotecas públicas, con su trajín diario, nos aproximan al pálpito incesante de una población. Permiten distinguir los rasgos, la intrahistoria de las necesidades. Son los primeros espacios que nos gusta visitar cuando llegamos a una población que no conocemos. Nos hablan de sus gentes. Huimos de las avenidas llenas de franquicias, todas iguales en cualquier país. Nunca me volvieron loco las vacaciones, aunque eran reparadoras. Es introducir momentos de placer cada día y tomarme con epicureísmo las obligaciones, lo que me motiva más. Por ejemplo, desplazarse a la propia ciudad para comprar pescado fresco puede ser sencillo con la creatividad de mi niña. Un carrito con su nevera y bloques congelados.
El chiringuito del mercado central tiene unas croquetas de rabo de toro que entran estupendamente con un vino Terra Alta, Utiel-Requena o Ribera del Duero.


