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| Fotografía: José Ángel Hernández |
La llamada guerra cultural es instrumentalización castradora y degerativa que idiotiza y somete mediante el puro simulacro. En realidad se trata de la confrontación política e ideológica, es decir, buscar la hegemonía en el plano simbólico, de los valores... En esa beligerancia, en la polarización, en la lucha, cada bando se instala en su discurso cerrado y la palabra se torna arma arrojadiza, perdiendo su sentido. Deja de indagar mediante el diálogo, deja de construir.
Otra acepción de cultura me preocupa: la que no puede servir a ningún tipo de guerra, porque es expresión de vida. El concepto proviene, como es sabido, de "cultivar" o cuidar. Y es cultivo de las facultades humanas. No intenten servirse de ella para otros fines. Aprécienla, defiéndanla, sírvanla.
El crecimiento como seres humanos es condición de posibilidad de una sociedad mejor, y viceversa.
La cultura ha ido sobreviviendo a todos los regímenes, a todos los intentos de mitificación, incluso de exterminio.
Somos como los líquenes que transforman la roca en tierra. Por nuestra lenta existencia puede nacer un árbol de la materia mineral.
