22/11/15

La educación del ser poético




¿Por qué motivo los niños, en general, son poetas y, con el tiempo, dejan de serlo? ¿Será la poesía un estado de infancia relacionada con la necesidad de juego, la ausencia de conocimiento libresco, la despreocupación por los mandamientos prácticos de la vida -estado de pureza de la mente, en suma? Creo que es un poco de todo esto, si ella encuentra expresión cándida en la niñez, puede expandirse en el tiempo, conciliada con la experiencia, el sentido crítico, la conciencia estética de los que componen o absorben poesía.
Pero, si el adulto, en la mayoría de los casos, pierde esa comunión con la poesía, ¿no estará en la escuela, más que en cualquier otra institución social, el elemento corrosivo del instinto poético de la infancia, que va muriendo a medida que el estudio sistemático se desarrolla, hasta desaparecer en el hombre hecho y preparado supuestamente para la vida? Me temo que sí.
La escuela llena al niño de matemáticas, de geografía, de lenguaje, sin hacerlo, por norma, a través de la poesía de la matemática, de la geografía, del lenguaje. La escuela no repara en su ser poético, no lo atiende en su capacidad de vivir poéticamente el conocimiento y el mundo. Sé que se consume poesía en las aulas, que se decoran versos y se promocionan pequeños declamadores pero, ¿es eso cultivar el núcleo poético de la persona humana?
Oh, olviden, por favor, la sospecha de que estoy albergando la alevosía de formar millones de pequeños poetas en los pupitres de la escuela infantil y primaria. No quiero nada de esto, y creo incluso que el uso de la escritura poética en la edad adulta suele degenerar en un abuso que no tiene nada que ver con la poesía. Se hacen demasiados versos vacíos de aquel destello que distingue una línea de poesía de una línea de prosa. Ambas cumplen con palabras de la misma lengua, de la misma época, del mismo grupo cultural, pero tan diferentes. Si hay inflación de poetas significativos, faltan amantes de la poesía -y amar la poesía es la forma de practicarla, recreándola.
Lo que yo le pediría a la escuela, si no me faltasen luces pedagógicas, sería considerar la poesía como primera visión directa de las cosas y, después, como vehículo de información práctica y teórica, preservando en cada alumno el fondo mágico, lúdico, intuitivo y creativo, que se identifica básicamente con la sensibilidad poética.
No sería tal vez inapropiado cuidar de una extensión poética de las escuelitas de arte, esta idea maravillosa que Augusto Rodrígues sacó de su formación humana de artista para la realidad brasileña. Lejos de ser una fábrica alarmante de versificadores infantiles, esta extensión, curso o actividad independiente, o el nombre que le perteneciera, daría al niño condiciones para expresar su manera de ver y de sentir la relación poética entre el ser y las cosas. “Proyecto de educación para la poesía”, se menciona hoy en Educación Artística en la escuela secundaria, cuando lo más razonable sería decir educación por el arte. La vocación poética tendría ahí una salida franca, las experiencias creativas disfrutarían entonces de un clima favorable sin que ello importase en la obligación de lograr resultados concretos mesurables en un nivel escolar.
Sé de casos en los que un ingeniero, por ejemplo, a los 30, 40 años, descubre la existencia de la poesía… ¿No podría haberla descubierto antes, buscándola en sí mismo, cuando ella se manifestaba en juegos, improvisaciones aparentemente absurdas, garabatos, hallazgos verbales, exclamaciones, gestos gratuitos?
Algo que se concibiera en ese sentido, en el campo de la educación, valdría como correctivo previo de la aridez con que se suelen transcribir los destinos profesionales, amurallados en la especialización, en la ignorancia del placer estético, en la tristeza de encarar la vida como deber pespuntado de tedio.
Y el arte, como la educación y todo lo demás, ¿qué fin más alto puede proponerse sino éste, de contribuir a la educación del ser humano para la vida, lo que, en una palabra, se llama felicidad?

CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE

Periódico del Brasil, Río de janeiro-rj, 20.07.74
Traducción: José Ángel Hernández

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