30/6/14

Por sus obras




Por sus obras se conocerá
quien de veras
quiera conocerse.

Con sus palabras sólo
se embaucará
a sí mismo.


29/6/14

Te escucho

A José Hernando



He llegado a este puente
donde el Ebro se ensancha
y te escribo,
                     y me escribo,
frente al brazo que levanta una estrella.

El agua, ya serena,
pide al viento que gire
                                      y la entretenga
en el remanso
                         que la ciudad ignora.

Amenazan las nubes a lo lejos,
un verano que nace
con incipientes frutos abatidos.
Mas el agua persiste en sus reflejos,
se arremolina y pasa
                                   ajena a las murallas.

El Ebro,
con su sabor a tierras olvidadas
a las que diera nombre,
intuye ya el salitre
y, sin embargo,
                           fluye.
Sus destellos
                       evocan la mirada
de una joven que amamanta a su hijo.

Querido amigo,
este río presiente
                              que le esperan las aves,
la tierra fértil
                        que fue ganando al mar.

Querido amigo,
me encuentro
hablando con el Ebro
                                     y te escucho.


José Ángel Hernández
Tortosa, 25 de junio de 2014

26/6/14

DESAFECTO





Tiene que haber un antes para que haya un después. Nada surge de la nada; todo tiene una raíz, un sustento, una tierra en la que fermentar. Se habla mucho acerca del desafecto, ese sentimiento que recorre el mundo como un peregrino, sin grandes alharacas ni exhibiciones. Y es señal de que antes, en su lugar, hubo afecto. De otra manera, habría que hablar sobre desafectos rigurosamente afectados, o sea impostados y no impuestos. Andamos movidos por fuerzas externas, que apenas podemos identificar, como una barquilla sin velas desvelada y entre las olas sola. Las pasiones nos golpean y se recrean en nosotros; el amor nos configura y pervierte. Después, vencidos y desarmados, nos apagamos. Al encendernos, somos otros, levemente desapasionados, fugazmente desamados.
La política no puede substraerse del resto de las pasiones. Regula la vida humana en sociedad y conduce las pulsiones hacia un fin concreto, que es el bien común. Lo que significa ese bien depende de las interpretaciones. Unos lo confían en la consecución de la igualdad; otros en la plasmación de la felicidad, o lo más aproximado, aquí en la tierra; y hay quien también busca la justicia. La política es una actividad diaria, exige implicarse en las cosas públicas, para garantizar el funcionamiento del sistema democrático. Significa estar atento y vigilar la acción de los representantes, velar para que se cumpla la palabra dada, informarse sobre los avatares diarios, pagar los impuestos, cumplir las leyes y exigir que se cumplan. No es tarea fácil; quien así actúa nunca es premiado según lo que su opinión le hace merecer. Lo único que se consigue es la alegría de saber que se ha obrado correctamente, y poco más. Pero hay que confesar que hay mucha gente que espera alguna otra recompensa, otro tipo de reconocimiento. Se olvida que quien trabaja para los demás, también lo hace para sí y para su bienestar.
En tiempo de crisis, los afectos se desanclan, las pulsiones se desbordan, la razón se embota. La desconfianza sustituye a la confianza, la incertidumbre ahoga la certeza, la desesperación toma el camino dejado por la esperanza, y la tristeza, esa oscura pasión, se adueña de los rincones. Se echa la culpa sólo a los políticos, sin reparar en la indiferencia, dejadez y complacencia que se han ido generalizando y estimulando. Ya se sabe, en tiempo de bonanza nada falta; cuando llega la desventura, todo sobra.

El Diario Vasco, 13 de junio de 2014.

22/6/14

Quien a buen árbol se arrima...



Me duelen hasta las cejas. Podar, arrancar hierbas, acarrear, barrer...
No obstante, creo que me conviene el trabajo físico. Antes de decir o escribir una palabra debería mirarme los arañazos, las manos... Así, cuando el comisario político de turno me pregunte de nuevo: -¿De dónde eres? (La clave para todas sus "interpretaciones"). Podré responderle de manera más breve que la habitual (dónde vivían mis padres cuando nací, en las comunidades donde me crié por su caprichosa costumbre de emigrar, dónde vivo y nacieron mis hijos...); podré responderle: de la tierra. Porque mis manos me recordarán de las manos que vengo. Después, si me quedan ganas, le preguntaría: ¿Y tú, bajo qué sombra te cobijas?

15/6/14

¿Qué me han enseñado vuestras alas?





A vuestra edad todos queremos empezar a probar nuestras alas. Y así ha de ser, para que se fortalezcan poco a poco y algún día podamos llegar muy lejos. Pero, si somos prudentes, para evitar daños previsibles, escuchamos los consejos de quienes ya volaron y, en ocasiones, se dejaron algunas plumas en los escollos del aire.
Los maestros aprendemos mucho de los alumnos. Esto no son palabras bonitas que se digan para quedar bien. Os pondré unos ejemplos de lo que he aprendido con vosotros.
El vuelo de los que sois compañeros generosos y amables me ha enseñado que el lenguaje de los sentimientos no se compone de letras ni fonemas, ni siquiera de gestos esporádicos que miran de reojo a los demás. El lenguaje de los sentimientos se hilvana con la luz de cada madrugada, con pespuntes de dicha y de quebranto que se comparten como el pan entre hermanos, con la mano del amigo en el hombro…
Los que no habláis mucho, no estáis continuamente llamando la atención de una manera u otra y hacéis vuestro trabajo sin levantar la voz apenas, siempre observando, escuchando, con lo que pareciera una cierta timidez… Vuestro vuelo silencioso me ha enseñado que hay un protagonismo sin estridencias, que persiste bajo la corriente, al que no afectan tempestades ni diques. Ese protagonismo que parece su ausencia, que transcurre callado, mas impide que nos cieguen los destellos de la superficie, consigue que perdamos el miedo a encallar, a nunca ver el mar.
Los vuelos imprevisibles y sin freno de los que no paráis y os cuesta concentraros, me han enseñado que los aprendizajes más duros atañen a lo que menos conocemos (nosotros mismos), y a veces los queremos de hoy para mañana. Como si amaneciese más temprano clamando por el sol o riñendo a la luna para que se acueste.
Todos y cada uno de los vuelos de nuestros alumnos nos enseñan algo fundamental. Sobre todo, que si la Paciencia es la madre de las ciencias, el padre sería el Esfuerzo. Los venerables abuelos podrían llamarse doña Constancia y don Deseo. Don Deseo tendría unos apellidos hermosos como Cultura y Saber. Los apellidos cambian con el tiempo, como bien sabéis. Los antepasados de don Deseo se apellidaban Cultivo y Sapiencia. Y los antepasados de sus antepasados se llamaban Sapiens Sapiens. Hace muchísimo tiempo se distinguieron de sus primos porque ampliaron y desarrollaron sus herramientas fundamentales: la cultura y el lenguaje, para sobrevivir entre otros seres vivos, algunos peligrosos y mejor dotados físicamente. Y lo consiguieron porque actuaban juntos, porque se comunicaban y se ayudaban en las tareas de caza, recolección, etc…
Sí. Me habéis enseñado muchas cosas. Espero que la señora Paciencia, el señor Esfuerzo y los venerables abuelos doña Constancia y don Deseo de Cultura y Saber os acompañen siempre. Vosotros necesitáis ser escuchados, pero ellos son felices cuando ven que un solo niño les atiende, porque os aprecian, porque para ellos no hay nada más preciado que vosotros.






José Ángel Hernández
12 de junio de 2014

8/6/14

LAS MANOS


Dicen que en el principio era el Verbo; pero, últimamente, tiendo a creer que antes, bastante antes que la palabra, nació el gesto de la mano. Antes de que surgiera la capacidad de hablar, las manos escarbaban la tierra, buscando comida, o ya pintaban en las oscuras paredes de las cuevas animales, con los que tenían relación de odio o amor extremos. También se protegían con las manos de las inclemencias del tiempo, del sol abrasador, de la lluvia cansada, del viento incesante. Hoy en día, al encontrarnos con algún conocido, antes que nada, extendemos la mano, en señal de amistad. Y en ese gesto nos reconocen, y nos reconocemos, como seres pacíficos que no guardamos armas ni artilugio traidor. Las manos, en cierto sentido, son las ventanas que abrimos al otro; son los escultores de la amistad. Al cruzarlas con otro, unimos las vidas. Sin embargo, el trabajo manual está bastante desprestigiado. Quien lo ejerce forma parte, en nuestro imaginario, de una era antigua, que pasó sin remisión ni gloria excesiva. Ellos son escultores, hortelanos, músicos, boxeadores, ebanistas, pelotaris, aventureros, en fin, artistas. Hay algo mítico en la actividad manual. Según cuenta la Biblia, Dios modeló con sus manos la arcilla de la que estamos hechos. No se sabe, porque no se dice, qué sintió cuando el barro blando y húmedo se escurría entre sus dedos; ni cuántas veces ensayó, antes de que concluyera la prueba definitiva.
El cuerpo es un mundo y tiene sus límites, a veces definidos y, otras, sin descubrir. Gracias a las manos le damos sentido y lo traemos a la vida; lo despertamos de su letargo y amanece a la luz del tacto que tiernamente se revuelve; le damos presencia física. La caricia de la madre hace saber al niño que ambos siguen unidos, a pesar de todo; la de los amantes los envuelve en una sensación cálida y presente, ajena a los demás, sólo por ellos compartida.
Son los dedos los ojos del ciego, y lo transportan hasta la realidad de los objetos que, de otro modo, no podría definir. Los que vemos, muchas veces, cerramos los ojos para sentir, con más fuerza si cabe, el olor de todo lo que nos rodea. Así, con los párpados clausurados, incluso atisbamos, de otra manera, colores y formas, nos sumergimos de lleno para apropiarnos de la belleza cercana. Pero sólo podemos afirmar la existencia de algo, si lo alcanzamos con la mano y jugamos con él. Las manos no saben siempre lo que hacen. Los niños y niñas levantan castillos en la arena, edificios frágiles, extraños e ingenuos. La arena siempre se escapa y cae, como sucede en ciertos relojes, que grano a grano dejan huir al tiempo, sin que se sepa a ciencia cierta hacia dónde va.
Las manos que juegan son las manos que acariciarán el futuro.

El Diario Vasco, 31 de mayo de 2014


7/6/14

Erupción

El País, 7-6-2014

6/6/14

Formular bien las preguntas

El País, 6-6-2014

4/6/14

Ramiro Pinilla



CHARLAS

 
 
¿De qué hablamos cuando no sabemos de qué hablar? Imaginémonos que dos personas desconocidas se encuentran en una parada de autobús, en la sala de espera de un hospital o en la barra de un bar. Suponiendo que estén solos, ¿serían capaces de charlar entre ellos? Pregunto que si, aparte de los saludos de rigor, estarían dispuestos a comunicarse, a decirse palabras. Todo depende, claro, del estado de ánimo de cada cual, de que tengan el teléfono móvil inoperativo, o de otras circunstancias que son difíciles de explicar o describir.
Una de las dos personas comenzaría a hablar del tiempo, del calor o del frío, de la lluvia que está anunciada para el fin de semana, justo cuando la pequeña hace la comunión. La otra asentiría educadamente, y añadiría que nada es seguro, pero que, en todo caso, hay fenómenos que suceden sin que podamos evitarlos. Después se haría un silencio, tras el cual pensarían comentar el último partido de fútbol jugado por el equipo local. Pero, ¿y si uno de los dos no fuera aficionado, o fuera seguidor de otro equipo? Volverían a callar, por prudencia. Podrían citar, como de paso, la programación de televisión. Una de las dos personas diría que es aburrida, pero que a veces ponen buenas películas. Y la otra respondería que sí, pero que están muy vistas, porque las reponen una y otra vez.
Otro silencio. En ese momento de la reunión, ambas personas estarían deseando que llegara el autobús, que les llamarán desde el altavoz del hospital, o que el camarero les echara, aduciendo lo tarde que se estaba haciendo y que el ayuntamiento es muy estricto con el horario de los locales. Ahí podrían reencontrarse y hablar sobre la gestión municipal u hospitalaria. Pero no es probable; son temas normalmente controvertidos que no se airean si no es con amigos o conocidos, en cuadrilla o en la intimidad, cuando la distancia moral y física deja de existir. Dos extraños que se encuentran en un momento y en un lugar concreto, sin ningún conocimiento anterior, difícilmente hablaran sobre temas profundos, lo cual no quiere decir que nunca vaya a suceder. Me da la sensación de que el de la conversación es un arte que no se va a extinguir nunca.
Sé, por experiencia, que los seres humanos necesitamos sentir algún alivio verbal, cuando la realidad emergente nos supera o nos empuja a alguno de los muchos abismos que existen, no todos imaginarios. Buscamos que alguien nos escuche, que sienta en la piel el eco de nuestras palabras, que salen, a veces lentamente, a veces en estampida, desparramándose. No siempre sabemos lo que decimos, ni queremos decir lo que ya sabemos; las frases pueden sonar absurdas y parecer carentes de sentido. Pero el hecho de que alguien nos escuche o nos preste atención significa que no estamos solos del todo, que siempre hay alguna posibilidad de recobrar afectos.


El Diario Vasco, 24 de mayo de 2014



2/6/14

Los reyes de la baraja

CEREBROS

El cerebro de Lenin es el órgano humano más estudiado en la historia de la humanidad. Fue extraído después de su muerte, durante el proceso de embalsamiento, no para averiguar las causas de su muerte (Trostky acusó a Stalin de envenenamiento), sino para demostrar científicamente que era un ser excepcionalmente dotado, lo que hoy llamaríamos una lumbrera.
Tal era su preclara inteligencia, su capacidad de anticipación a los hechos que, estando exiliado en Zurich, cuando le preguntaban cuándo sería la revolución en Rusia, él siempre contestaba que sus ojos no la iban a ver. Luego pasó el tiempo, como siempre, y los alemanes lo metieron en un tren que lo llevó hasta la estación de Finlandia en San Petersburgo. Ahí comenzó otra historia.
Dirán los apologistas que las ideas son lo más preciado de una persona, que lo otro se lo lleva la tierra, el mar o el aire. Pero, en el año 1941, ante el temor de que las tropas alemanas ocuparan Moscú y se quedaran con el cuerpo de Lenin, lo sacaron de su mausoleo y lo trasladaron a Siberia, donde permaneció por espacio de cuatro años. En su lugar colocaron un monigote de goma. Las vicisitudes de los forjadores de sueños, una vez muertos, son semejantes en todas partes.
El cerebro de Einstein fue envidiado en vida, y, más aún si cabe, una vez difunto. El científico que realizó la autopsia se quedó con él y lo guardó durante cuarenta años en un recipiente de plástico, de esos usados comúnmente para preservar la comida. De tanto en tanto, iba enviando por correo, en frascos de mayonesa, muestras de los sesos a colegas suyos, para que investigaran. Querían saber qué secretos guardaba, explicar el funcionamiento del cerebro, extraer quizás una regla universal para discernir el comportamiento neuronal.
Así pasa la gloria del mundo. Los seres que sobresalen en las diversas artes humanas son venerados, unas veces en vida, y otras, si te he visto no me acuerdo.
Es el caso de Talleyrand, tan admirado como temido en su época. Los médicos extendieron su cadáver sobre una mesa. A un lado se encontraba el cerebro, aquella víscera que, así lo cuenta Víctor Hugo, había pensado tantas cosas, inspirado a tantos hombres, conducido dos revoluciones, engañado en Viena a veinte reyes. Cuando los médicos salieron, un criado, recogió aquel órgano, sin saber muy bien lo que era, salió a la calle y lo arrojó a la primera alcantarilla con la que tropezó. Era costumbre.


El Diario Vasco, 17 de mayo de 2014