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| Fotografía: José Ángel Hernández |
Esta mañana hemos visitado el Open arms. Pisar ese suelo donde a la angustia más terrible se le concede una tregua; escuchar en acentos muy diversos detalles de vidas salvadas y vidas que no se pudieron salvar, criaturas que se ahogan apenas comienzan a vivir...
Volvemos a casa. La tristeza, que llevaba unos días rondándome, ha calado. Nuestra sociedad presenta síntomas más que preocupantes de aquello que combatiera Arendt. Ver a personas como Oscar Camps y su colectivo supone un alivio. Después de diez años salvando a miles de personas, el fanatismo los pone en el punto de mira de su odio ancestral. Ignoro si en este caso el mal es banal o premeditado, si es fruto del puro egoísmo o de la ignorancia. Afortunadamente, instituciones internacionales han reconocido la defensa de la vida y de los valores humanos que el Open arms viene haciendo día a día.
Ya en casa, observo que los naranjos siguen recuperándose de la sequía.
Acabo un libro. Acompaño a nuestro perro más viejito, que está algo mejor.
Yo también.

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