
Fotografía: José Ángel Hernández
El ser humano y las sociedades han desarrollado la capacidad de analizar lo que sucede con la inigualable herramienta de la ciencia. Fuimos dejando atrás las explicaciones míticas (castigos o voluntad de los dioses, por ejemplo), aunque la tendencia al pensamiento mágico de etapas anteriores persiste en muchas mentes. En lugar de la intervención divina, podemos atribuir las causas de los acontecimientos a la presunta decisión de respuesta del "universo" o de "la tierra". De esta forma quedamos eximidos de comprender y, sobre todo, de asumir la responsabilidad que nos corresponde, tanto en lo sucedido, como en lo que vendrá.
No es posible abarcar personalmente todos los ámbitos de conocimiento. Por eso nos vemos abocados a confiar en las voces autorizadas en cada materia. El problema es cómo otorgamos esa autoridad en tiempos de confusión. Hay altavoces para cualquiera. Quien no sabe de nada, opina de todo y grita más, para que sus simples recetas ante problemas complejos se oigan por encima de los argumentos rigurosos y la realidad contrastada.
Debemos escuchar a los científicos. No hablo de creer, (la propia ciencia avanza conscientemente contra los dogmas), sino de confiar en el método científico frente a quienes viven de la ignorancia y combaten la razón para así seguir depredando el medio y a otros seres humanos. Son negacionistas para extraer recursos limitados, pero corren a intentar apropiarse de recursos y de rutas que surgen a consecuencia del deshielo.
A la ignorancia rogando y con el mazo dando.
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