jueves, 23 de octubre de 2014

Fallece Ramiro Pinilla

Emocionado adiós:

FERNANDO ARAMBURU | 23/10/2014


Tenía razón Ramiro. Es una pena morir. Y ahora se ha muerto él y es como si a uno de repente se le cayera un brazo al suelo o se le abriera un hueco en el pecho. Sus 91 años ni justifican ni alivian la pérdida. Nació el mismo año que mi padre, el 23, y los dos, gente curtida y humilde, vivieron parecidas cosas. Tiempos difíciles. La guerra, la posguerra, la clase social de los que viven por sus manos. Mi padre murió en el 2011, con 88 años. También sin enfermedad, ni agonía ni gaitas. Te mueres y santas pascuas. Me quedó Ramiro, en quien desde entonces me complació hallar la sombra de lo paterno.

Ramiro era un vasco apacible que había leído a Faulkner. No le gustaban los habladores. No le gustaban el barroco ni el nacionalismo. Lo suyo era contar historias, dramas de la gente común, de Getxo principalmente. Profesaba la convicción del estilo transparente, de la prosa que no se nota. Pero Ramiro, joder, le decía yo, ¿no pretenderás que todo el mundo escriba como tú? Y se quedaba pensando. Es que es verdad: si no hubiera escritores preciosistas, le decía yo, la sencillez pasaría inadvertida.

Durante largos años me profesó agradecimiento. Por nada. Me cupo la suerte de interceder por él cerca de Tusquets. Justo un pelanas como yo, que ni estirándome habría sido capaz de redactar un renglón de Verdes valles, colinas rojas. Así y todo, siento un pinchazo de gusto cada vez que veo los tres volúmenes de la novela en una librería. Son como un poquito míos. Un poquito nada más. Y le dije una noche en San Sebastián, cenando: Supongo que sabes que este libro está llamado a perdurar, ¿no? Ramiro me miró en silencio, con el gesto con que otros mirarían a un vendedor de galaxias.

No le han dado el Cervantes. No será porque algunos no lo hubiéramos pedido públicamente. A él le daba igual. No, porque te lo mereces. Y al decírselo volvía a ver en mí al vendedor de galaxias; él que llevaba mucho más tiempo que yo en la Tierra y sabía, porque sabía, porque era un sabio con su retranca, su boina, su huerta y su estoicismo, cómo funciona el corazón de los hombres.

Adiós, Ramiro. Adiós, amigo. Y gracias. ¿Por qué? Joder, por tus libros, por tu conversación, por ti mismo. ¿Qué preguntas tienes?

Entrevista para El Cultural (fragmentos)

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI | 13/05/2011 |


Desde que en 1960 ganó el Premio Nadal y el Premio de la Crítica con la novela Las ciegas hormigas, los lectores más exigentes esperaban nuevos libros de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923). Pero, decepcionado por la industria editorial de la época, durante décadas se mantuvo recluido en la provincia. Hasta que reapareció en el siglo XXI. Su novela Verdes valles, colinas rojas, dividida en tres partes y galardonada con el Premio Nacional de la Crítica y el Nacional de Narrativa en 2006, es sin duda una de las obras mayores de la literatura española. Esta frase sólo puede asustar a los militantes de la envidia y a quienes desconocen la imaginación poderosa del autor. Es imposible encontrar un fragmento decorativo o superfluo en las 2.200 páginas del conjunto. El talento de Ramiro Pinilla incluye la objetividad en los retratos políticos. Porque huye de los maniqueísmos como de los lugares comunes y supercherías.

 - A menudo se habla de su identificación con la literatura de William Faulkner. Ha explicado que durante años, antes de empezar la tarea de escribir, necesitaba leer un pasaje de Faulkner y retener su música. ¿Cómo fue esa fascinación y cuándo se liberó de ella?
- Me fascinó lo que latía bajo aquel lenguaje casi críptico. Faulkner lo podía haber evitado, pues lo de abajo no necesitaba de tantas llaves. Era un gran cabroncete. Sin embargo, en un tiempo necesité de esa maldita música para escribir. Luego vino Gabriel García Márquez. Mi agradecimiento a ambos. Supongo que hoy camino solo.

¿Cómo recuerda la llegada de los inmigrantes para trabajar en Altos Hornos de Vizcaya y otras industrias vascas? A su juicio, ¿qué trato se les dio?
- Malo. El nacionalismo los llamó, despectivamente, maketos. Sin embargo, sobre explotados mineros e industriales se levantó la riqueza vasca. Todavía son los grandes silenciados.
 

http://www.elcultural.es/revista/letras/Ramiro-Pinilla/29180




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