24/1/16

CON LA PIEDRA EN LA MANO



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La primera edición cuidada del Quijote se publicó en el siglo XVIII en Inglaterra, no en España: su primera biografía se escribió entonces, por encargo de un aristócrata inglés. En Inglaterra la tumba de Cervantes estaría en el admirable Poets’ Corner de la abadía de Westminster. En Francia estaría en el Panteón, en la cercanía de gente tan libre y tan imaginativa como él, Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Zola. España es un país ingrato para el saber de cualquier clase y para el ejercicio de las artes, que ha permitido desde hace siglos que la mayor parte de sus mejores inteligencias, las que no se malogran, acaben viviendo en el destierro y siendo sepultadas en fosas comunes o en cementerios extranjeros. El Poets’ Corner español está en el barranco de Víznar. Hasta Alfonso XIII intrigó para que a Pérez Galdós no le dieran el Premio Nobel. Desde su exilio de México, Luis Cernuda señaló amargamente el rechazo español hacia cualquier forma de mérito que no tenga que ver con el origen, el favor o la riqueza: “… el español terrible / que acecha lo cimero / con su piedra en la mano”.
España tiene menos inspectores de Hacienda que la mayor parte de los países avanzados, y según todos los indicios el fraude fiscal es escandaloso
Durante unos años de finales del siglo pasado, en los tiempos más estimulantes de la democracia, pareció que ese maleficio empezaba a corregirse: se ampliaba la educación, se fundaban bibliotecas, escuelas de música, orquestas, auditorios, se alentaba algo la investigación científica. Ahora volvemos a toda velocidad a nuestro habitual oscurantismo. La demagogia política se ceba con un escritor, un músico, un artista que vindique sus derechos legítimos, casi siempre modestos, mucho más agresivamente que con un futbolista multimillonario que comete un delito fiscal. La derecha mira con desprecio todo lo que no produzca un beneficio comercial inmediato. La izquierda desconfía del mérito como una prueba de elitismo, ignorando la tradición de esmero y excelencia en el trabajo que siempre formó parte de la cultura popular. Para unos y otros la cultura se confunde con la ostentación o con el adoctrinamiento ideológico, casi siempre con una pulsión autoritaria debajo del igualitarismo. La libertad radical de conciencia, que es la base del pensamiento crítico y de la creación estética, despierta siempre el recelo de los comisarios políticos.

El último escarnio es la persecución gubernamental de los escritores jubilados que cobran una pensión y siguen obteniendo remuneraciones por su trabajo literario. España tiene menos inspectores de Hacienda que la mayor parte de los países avanzados, y según todos los indicios el fraude fiscal es escandaloso, igual que los privilegios de las grandes fortunas sobre las rentas del trabajo. Pero una parte de los esfuerzos recaudatorios y punitivos del Gobierno están dedicados a perseguir a escritores que casi siempre reciben pensiones escasas e ingresos inciertos por conferencias, recitales de poemas, colaboraciones, derechos de autor. Antonio Colinas es uno de los nombres mayores de nuestra literatura, pero ellos y muchos otros están siendo tratados como delincuentes. Quizás a lo que aspiran estos Gobiernos bárbaros que padecemos, y que llevan tantos años propagando la ignorancia y la hostilidad hacia el conocimiento, es a que los escritores vuelvan a quedarse de pie ante los que mandan como sirvientes obsequiosos, o a sentarse como indigentes en el suelo.






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